Siempre me llamó la atención la forma que tenemos los humanos, y más concretamente los españoles, de intentar cambiar la realidad a partir de las palabras, a partir de la sustitución de unas que nos chirrían los oídos a otras que, al menos, no hacen un daño grave al escucharlas; y en esto tienen experiencia los políticos. Ya no hay despidos colectivos, hay EREs; no hay crisis, sino ‘recesión transitoria’; no hay una caída económica sino un ‘crecimiento económico negativo’; olvídense de la ‘fuga de cerebros’, eso para nuestra clase política es ‘movilidad exterior’; todas estos eufemismos que tratan de evitar un síncope en el votante y que este no salga a la calle pidiendo respuestas claras que no sabrían dar.
La nueva ‘Ley de emprendedores’ dará -o mejor dicho da- una nueva vuelta de tuerca al género eufemístico. Gracias a esta ley que entró en vigor el pasado octubre se permite obtener el permiso de residencia español por una inversión de 500.000 euros; bien a partir de la compra de una vivienda de este valor o superior, de la inyección de capital en una empresa o por la compra de deuda pública por valor de 2 millones de euros. Esta nueva medida socioeconómica que ha impulsado el Gobierno permitirá a aquellos extranjeros que se vean apurados a efectos legales en sus países obtener el permiso de residencia en España con solo una llamada y una firma, que es lo que le cuesta a muchos pagar 500.000 euros. ”Pasen y vean, piso y permiso, me lo quitan de las manos” deben estar gritando los bancos a mercados donde sobra el dinero y falta moral para conseguirlo.
Y mientras, los mismos que han votado al gobierno y aplauden con la venta de deuda y de pisos vacíos, se quejan de lo malos que son los inmigrantes; de lo que roban los rumanos, del trabajo que le quitan los africanos, de lo ruidosos que son algunos ecuatorianos y de lo raro que hablan los de la tienda de los chinos. Y es que, hemos añadido un nuevo eufemismo a la lista anterior, la gente que compre o invierta desde el exterior más de medio millón de euros, no será un ‘inmigrante’, esa persona que trabaja por cuatro duros y que me quita el trabajo, los servicios sociales y si me descuido el móvil y la cartera; ahora ellos serán ‘inversores’, gente de traje y corbata que ayuda a nuestro país trayendo dinero, porque al final, lo que importa es el dinero que traigan y no el dónde ni el cómo lo hayan conseguido, “eso es problema suyo”, dirán muchos, mientras que un inmigrante ha de trabajar 5 años de manera continuada para obtener el permiso de residencia permanente.
Luego los políticos hablarán y sacarán pecho por el esfuerzo de todos, si el de ‘todos’, ese otro eufemismo que quiere decir ‘vuestro’; y cuando quiero decir ‘vuestro’, quiero decir ‘nuestro’, el de los de abajo, el de aquellos que hacen malabarismos para llegar a fin de mes, el de aquellos que trabajan por el salario mínimo, el de todos los que engordan la lista del paro, el de quien estudia y trabaja, el que no estudia para trabajar y todos esos casos que sabemos a diario por contacto propio.
Así que, sí, habrá que diferenciar entre ‘inversores’ e ‘inmigrantes’, pero, ¿saben qué? me quedo con los últimos, puesto que ellos son más nosotros que los que dicen ‘todos’ y hablan de ‘pueblo’, ‘sacrificio’ y ‘esfuerzo’; ellos, o más bien nosotros, somos los que trabajamos a diario para cimentar el país sin importar las banderas; mientras que los ‘otros ellos’, los inversores de traje y corbata hablan de banderas como lo que es, una cosa que se vende y se compra. Al final, somos más inmigrantes que inversores, puesto que unos están abajo y ‘curran’ y otros están arriba e ‘invierten’ (eufemismo de especulan), vamos, como siempre.
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