El Imperio Romano. A lo largo de la historia ha sido mostrado como uno de los apogeos de la humanidad; el legado que dejaron los romanos es clave a la hora de entender la evolución de Europa y de los alrededores del Mediterráneo o Mare Nostrum. El latín y las posteriores lenguas desarrolladas a partir de esta, el invento del cemento y sus grandes construcciones, la aplicación del arco, los acueductos, el desarrollo de las ciudades como centro neurálgico, etc. Los romanos siempre han sido vistos como los buenos de la película, hecho en el que ha colaborado el cine.
Los romanos iban a los pueblos bárbaros sin civilizar, donde creían en dioses sin sentido, con costumbres primitivas sacadas prácticamente de las cavernas, sin modales, ni un lenguaje culto, con una organización basada en la fuerza o en “la naturaleza” vista de manera ridícula desde el lado romano, hasta eran más feos y menos aseados que los legionarios destinados desde cualquier punto del Imperio para conseguir hacer llevar la ‘civilización’ a aquellos infelices y asquerosos bárbaros. Siempre nos mostraban cómo el pueblo bárbaro quemaba casas, poblados, violaba mujeres, se comía a los niños o infinidad de barbaries que hacen que el espectador odie inmediatamente a esos monstruos que se hacían pasar por humanos. Mientras, en el otro bando, mostraban a un civilizado romano haciendo el amor bajo la luna con su querida esposa a la que teme perder tras la batalla, a otro legionario rezando a su dioses pidiendo ayuda para él y sus hombres, otro soldado de la expedición deleitándose de los versos de algún poeta latino y a un jefe curtido en años y batallas citando principios como la ‘libertad’, la ‘democracia’ o la ‘justicia’, términos por los que iban a entrar en combate los días siguientes.
Y allí estallaba la gran batalla, por un lado la civilización galopando hacia las tierras de la barbarie con el águila surcando los cielos junto a ellos para salvar aquellas tierras de la barbarie, barbarie que esperaba en el otro lado del muro para atacar de una manera despiadada y que no dejarían títere con cabeza. ¿No os suena la historia? A ver, resumiendo, un pueblo en sus tierras con métodos de vida arcaicos y ‘vintages’ para los remilgados romanos que ven en estos pueblos la barbarie personificada porque no tienen calzadas, ni termas, ni un sistema de comunicación de aguas mediante acueductos y otro pueblo que se ve como la esperanza de la civilización humana porque tiene todo eso y además un emperador elegido de manera divina y un sistema de esclavos que permitía que cada cual ocupase su lugar correspondiente. De verdad, ¿no les resulta familiar?
Tanto si su respuesta es sí como si es negativa, les diré que a mí me recuerda a la forma de actuación de nuestros amigos los estadounidenses –guardando las distancias-. Estos, los estadounidenses, se enfundan bajo su bandera del liberalismo y de salvadores de la justicia y sienten la imperiosa necesidad de sentirse superior a cualquier Estado o forma de vida diferente a la suya justificando así cualquier tipo de invasión a pueblos “bárbaros” como el iraquí, el palestino (bajo la bandera de otro “país”: Israel), el vietnamita, el libio o próximamente, el sirio. Cierto es que dichos pueblos no están tan desarrollados como USA o cualquiera de sus colegas de la OTAN, pero no por ello quiere decir que se vean supeditados a una ‘ayuda’ externa, que pasa de ayuda a intervención militar y a control absoluto del país.
El principal problema de esta política de los estadounidense es creerse con el derecho de la justicia internacional, es ese increíble ego que destellan en cada comparecencia sobre política internacional de ser los salvadores del universo y tener la verdad absoluta sobre los sucesos en otros países. Eso sin añadir los intereses que se esconde tras cada ‘intervención a la barbarie’, unos intereses que ascienden a billones de dólares entre el armamento y la posterior reconstrucción de dicho país, sin contar los beneficios geoestratégicos que pueda obtener EEUU en estos lugares.
No digo que no sea necesaria la ayuda internacional, algo que frene la oleada de violencia y de muerte actual en Siria, por poner un ejemplo actual, pero las bombas ‘civilizadas’ estadounidenses y de la OTAN matan igual que las balas de Al Assad, al igual que sus armas químicas son igual de dañinas que el Agente Naranja utilizado por Estados Unidos en Vietnam, ya que para estos, un hijo de puta al que puedan considerar ‘suyo’ siempre será mejor que un hijo de puta al que se considere de ‘los otros’, a lo que yo digo que ningún hijo de puta será realmente mío, ya que mío, son solo los pueblos libres de hijos de puta que los mande y machaque.
Hoy, mañana y siempre, no a la guerra y no a los hijos de puta que matan y venden la suerte de sus pueblos.
La aguja en el pajar: recordar a Asterix y Obelix, esos dos galos, al fin y al cabo, bárbaros, que nos resultaban tan simpáticos cada vez que ganaban a los romanos, los que iban a civilizar la Galia y tan injusto nos resultaba, o Viriato y su defensa de Hispania. Antes de juzgar, deberíamos saber que la película hay que verla desde el otro punto para ver algo más de la realidad.
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