sábado, 21 de junio de 2014

Las colas invisibles del capitalismo

Odio las colas, son una pérdida de tiempo, algo que no se puede pagar, dejo de producir porque alguien no es lo suficientemente eficiente como para atender o realizar su trabajo en el tiempo adecuado. Me pone de muy mal humor tener que esperar, la paciencia no es mi principal virtud, y menos si se trata para comprar algo, por eso no logro entender cómo aguantaban –y aguantan- en determinados países comunistas y socialistas las largas colas que supone cualquier abastecimiento.

Desde la desintegrada URSS hasta la actual Venezuela, las colas son increíbles para casi cualquier tipo de consumo. Basta con recordar que en los países del Bloque de Europa Oriental cuando el comunismo se cernía sobre ellos, había que esperar hasta dos años para recibir un coche, muy normalito, y no había forma de conseguirlo antes, para todo había colas, para el trigo, para el vodka, para los trenes…así normal que todos llegasen con retraso. Pero las colas no son cosas del pasado, en países socialistas actuales como Cuba también existe este problema, de hecho, colas por arroz, por cualquier tipo de permiso, por un teléfono móvil, incluso hay cola hasta para matar a Fidel, dicen algunos cubanos mientras ríen y encienden un habano desde algún velerito en las costas de Miami o Florida.
Hasta en los países que se quieren acercar a estas posturas socialistas sufren este mal endémico de los países ‘rojos’; en Venezuela, existe cola en los supermercados para conseguir café o papel higiénico –ahora entiendo la denominación de “guarros” a los rojos en España, ni limpiarse después de cagar-.

Quizás, respondiendo a los postulados de los primeros liberales sobre el mercado y su funcionamiento, todo se deba a un problema de oferta y demanda, y es que, la demanda se multiplica e incluso se eleva al cuadrado o al cubo cuando el precio está subvencionado por el Estado que incluso consigue que determinados productos sean gratuitos. A esto habría que sumarle los bloqueos que desde los países desarrollados y orquestados por el Imperio yanqui se producen a estos países para que se consiga el posterior desbarajuste que conlleva las colas y los desabastecimientos, todo porque son estos países y estas ideologías las que ponen en jaque y en riesgo la supremacía del gran negocio extendido por la mayor parte del planeta Tierra: el capitalismo.

Por suerte, en un país donde este sistema es la forma económica establecida no tenemos esos problemas. Espera, ¿no?. Aquí, en nuestro país, en nuestra ciudad, en nuestra misma calle, existen colas enormes de gente que espera para poder comprar muchos productos. Las colas invisibles invaden las calles, no se ven, son gente que no espera físicamente sino que realiza una cola desde la distancia esperando en algún momento poder adquirir dicho artículo; y esta cola no es algo exclusivo de los productos más caros o de lujo como casas y coches donde las colas invisibles del ahorro duran años, si es que llegan en algún momento a conseguirlo, sino que las colas más dolorosas y que comienzan a crecer de forma peligrosa son las colas por los productos alimenticios, sanitarios o educativos.

Son estas colas invisibles las que ponen en duda la cuestión de la libertad económica, ya que, por mucho que puedas entrar en un supermercado, una frutería, un concesionario o una inmobiliaria, no vas a poder ser “libre” de adquirir lo que quieras si no llevas el dinero necesario para ello. Pero lo que resulta más curioso es la gran cola que se comienza a acumular en las puertas de las universidades españolas, colas llenas de gente humilde, válida –lo muestra su nota- pero que no tiene los recursos necesarios para pagar las tasas necesarias, estas colas no eran –ni son- ni físicas ni invisibles en países como Cuba donde la educación es universal y gratuita.
La gota: la ‘gran’ cola que sí que se puede en España es la del paro, cola que, por mucho que reduzca su grandaria en los meses estivales, sigue siendo uno de los grandes problemas de esta crisis en España.

martes, 3 de junio de 2014

2 de junio: abdica el Rey. Manifestación Plaza Ayuntamiento Valencia.

El sentimiento republicano se vio volcado ayer, 2 de junio, en las calles, en la plazas de cada ciudad. Miles de personas cubrieron las principales plazas para pedir una república, o como mínimo, un referéndum. Tras anunciar su abdicación Juan Carlos I, las redes sociales comenzaron a echar humo y las convocatorias no se hicieron esperar. Quizás sea una oportunidad única para establecer la República, la Tercera. La que sigue a la Segunda, aquella que un golpe fascista nos arrebató. Lógicamente, para ello, se necesita un proceso de consulta al pueblo, ¿o no es acaso democrático que la gente decida qué forma de jefatura de Estado prefiere? Si la monarquía gana, se acatará y tendremos a Felipe VI; si pierde, volverá la tricolor a llenar las calles. 

Simplemente, dejar constancia de algunas de las imágenes de la manifestación que se celebró el día 2 de junio en la Plaza del Ayuntamiento de Valencia. Mucha emoción al ver tanta gente entregada al unísono con la idea de que vuelvan a presidir España las ideas republicanas. Para muchos, como defiende Julio Anguita, la República es la forma de gobierno en la que el pueblo es soberano; más que una jefatura de un Estado, es una forma de entender la política, la economía y la sociedad y es que la última y la primera reinen sobre la segunda. Quizás utopía, pero la Segunda República fue quien trajo los mayores avances sociales, la mayor partida en educación, las misiones pedagógicas, el voto femenino, la laicidad del Estado y tantas cosas que hoy pretendemos volver a recuperar. 

Ya lo dice Galeano: "La utopía está en el horizonte. Comino dos pasos, ella se aleja dos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar". Así que caminemos.